Hay óperas primas que confunden la ambición con la acumulación, como si una historia necesitara desplegar todos sus recursos narrativos para demostrar que merece ser contada. Una familia, el debut en el largometraje de Ricardo Gómez, parece caer en esa trampa: una película de considerable empaque formal que termina empequeñecida por su propio artificio. Demasiado ostentosa en su manera de narrar para una idea que, en el fondo, no necesita semejante despliegue.
El problema no está tanto en lo que cuenta como en cómo decide contarlo. La película se enreda en una arquitectura temporal que no siempre permite distinguir con claridad el presente ni comprender las reglas con las que va reconstruyendo su historia. La forma acaba imponiéndose al relato, pero sin enriquecerlo lo suficiente como para justificar ese esfuerzo. Es ahí donde se percibe la inexperiencia de Gómez detrás de la cámara: no tanto en la falta de oficio visual como en la dificultad para encontrar una medida narrativa, para saber cuándo sugerir y cuándo dejar que la historia respire. Quizá se eche en falta ese aprendizaje previo que a menudo proporcionan los cortometrajes, ese laboratorio donde descubrir que la precisión puede ser mucho más elocuente que el exceso.
Porque Una familia tiene, sin embargo, una factura notable. Su estética está trabajada, la puesta en escena revela cuidado y la película posee una envoltura visual que invita a confiar en ella. También encuentra en sus intérpretes un refugio frente a sus desequilibrios. Claudia Traisac despliega una fuerza y un magnetismo que sostienen la mirada, mientras Ana Wagener aporta esa presencia rotunda, siempre capaz de llenar el plano sin necesidad de reclamarlo. Ambas recuerdan que, incluso cuando el dispositivo narrativo se vuelve demasiado visible, una interpretación puede devolverle a la película la verdad que busca.
En su voluntad de irrumpir con una mirada propia, Una familia remite a cierta tradición reciente del cine español que encontró en las primeras películas un territorio para explorar los vínculos, las heridas y las tensiones soterradas de lo cotidiano. Ahí asoma el recuerdo de Tarde para la ira, aunque la comparación también permite medir la distancia entre el dominio de la narración y la mera exhibición de sus mecanismos. Donde aquella ópera prima convertía la contención en amenaza, Gómez parece buscar una complejidad que no siempre termina de cristalizar.
Presentada en la Sección Oficial de la Seminci fuera de concurso, Una familia deja la impresión de un cineasta con sensibilidad visual y ambición, pero todavía en busca de la forma que mejor se adapte a aquello que quiere contar. Una película que sabe vestirse para la ocasión, aunque aún no haya encontrado del todo su propia voz.

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