viernes, 30 de octubre de 2026

La islas afortunadas: una leyenda entre la tierra y la memoria



En la Sección Oficial a concurso de la 71.ª Seminci, Helena Girón y Samuel M. Delgado presentan Las islas afortunadas, una película pequeña en sus dimensiones, casi anecdótica en su condición de relato y leyenda, pero extraordinariamente rica en su manera de habitar el espacio cinematográfico. Hay en ella una sensorialidad poco habitual, una voluntad de reconstrucción histórica que escapa de los convencionalismos del género y una honestidad que atraviesa tanto su puesta en escena como la elección de sus personajes. Su mirada hacia aquellos cuerpos y rostros históricamente ignorados, alejados de los atributos físicos con los que el cine suele idealizar sus representaciones del pasado, contiene una autenticidad especialmente valiosa.

La película parece encontrar algunos de sus ecos en el universo de Buñuel, particularmente en Viridiana, pero también en las aproximaciones al cuerpo, la naturaleza y lo primitivo de Albert Serra u Oliver Laxe. No tanto por una voluntad de imitación como por esa capacidad de encontrar extrañeza en lo cotidiano y convertir el paisaje en una presencia narrativa. Las islas Canarias adquieren aquí una fuerza casi mitológica: un territorio que respira, condiciona y termina por imponerse sobre sus habitantes.

Buena parte de esa experiencia descansa en un trabajo técnico de enorme sensibilidad. La fotografía de José Alayón captura la potencia paisajística sin necesidad de subrayados, mientras que el sonido construye una dimensión casi física del entorno y hace del viento, la tierra y el agua elementos fundamentales del relato. También destaca el rigor de la ambientación, precisamente por su minimalismo. Maquillaje, peluquería y vestuario rehúyen cualquier artificio innecesario para encontrar una verdad material en sus personajes y en el tiempo que habitan.

En el apartado interpretativo, el reparto ofrece un trabajo interesante, con especial atención a Luisa Ahl Laabiad, cuyo rostro y presencia sostienen buena parte de la película. A su alrededor, Lou Castel y el resto del elenco contribuyen a esa sensación de extrañeza y naturalidad que define el conjunto.

Las islas afortunadas puede resultar esquiva e incluso demasiado pequeña en sus aspiraciones narrativas, pero encuentra en su sensorialidad, su rigor y su manera de mirar aquello que otras películas históricas suelen pasar por alto: una personalidad cinematográfica nada desdeñable. Una leyenda filmada desde la tierra, los cuerpos y la memoria que demuestra que a veces el cine necesita menos para conseguir mucho más.

lunes, 26 de octubre de 2026

La violinista: belleza animada, emoción calculada



En la Sección Oficial de la 71.ª Seminci participa La violinista, de Raúl García y Ervin Han, una película de animación galardonada en Annecy que encuentra en su expresividad visual sus mayores virtudes. Hay algo embriagador en la manera en que sus imágenes cobran vida, en determinados pasajes donde la película alcanza una auténtica magia y la música parece ensanchar los límites de cuanto la narración puede expresar. A ello se suma su dimensión histórica, una aproximación a Singapur y a su relación directa y cruenta con la Segunda Guerra Mundial que aporta interés y contexto a una historia atravesada por el amor, la música y la guerra.

Sin embargo, tanta belleza no siempre encuentra un relato a su altura. La película se acomoda en los resortes más reconocibles del melodrama, con una voluntad lacrimógena demasiado evidente y una narración que apenas aporta novedades a un tipo de propuesta ampliamente transitado. La emoción parece, en ocasiones, más buscada que conquistada, como si cada imagen estuviera al servicio de un efecto sentimental previsto de antemano.

Se agradece, en cualquier caso, la apuesta por una animación capaz de conjugar el espectáculo visual con una historia marcada por la memoria y la tragedia. También su voluntad de alcanzar a un público amplio, sin renunciar a un contexto histórico que no siempre ocupa el lugar que merece en el imaginario cinematográfico. Pero esa vocación accesible termina por limar las aristas de un material que podría haber encontrado caminos más personales.

La violinista deja destellos de una belleza genuina, aunque su capacidad para deslumbrar resulta mayor que su voluntad de arriesgar. Una película tan agradable en su factura como anecdótica en su propuesta, que confirma el poder evocador de la animación, pero no consigue convertirlo en una experiencia verdaderamente singular.

Hermanas: una oportunidad perdida



En la Sección Oficial a concurso de la 71.ª Seminci, Ione Hernández debuta en el largometraje de ficción con Hermanas, una película que tropieza precisamente allí donde más importaba encontrar claridad: en la aproximación a una realidad tan delicada como el abuso a menores dentro del ámbito familiar. El filme adopta posturas erráticas, incapaz de articular una mirada verdaderamente sólida sobre una materia que exige mucho más que buenas intenciones. El trazo grueso de sus personajes, los diálogos impostados y determinadas acciones difícilmente coherentes terminan por debilitar un relato que parece perder de vista la complejidad de aquello que pretende abordar.

A ello se suma una visión del abuso y de sus consecuencias que resulta, por momentos, desfasada, demasiado esquemática para penetrar en las contradicciones y los silencios que atraviesan estas experiencias. La película no siempre encuentra el tono ni la distancia necesarios, y esa falta de precisión en la escritura acaba lastrando su discurso.

Hay, sin embargo, elementos que sostienen el conjunto. La dirección de Hernández demuestra precisión y solvencia, mientras que Emma Suárez y Elena Anaya aportan consistencia a unos personajes que encuentran en sus interpretaciones una profundidad que el guion no siempre les concede. Ambas actrices consiguen dotar de cuerpo y verdad a un material que pedía mayor sutileza.

Hermanas deja así la sensación de una película que podría haber dado mucho más de sí. No por falta de interés en su tema ni de capacidad en su puesta en escena, sino por no haber encontrado una escritura a la altura de la complejidad moral y emocional que tenía entre manos.

Una familia: el artificio de lo cotidiano



Hay óperas primas que confunden la ambición con la acumulación, como si una historia necesitara desplegar todos sus recursos narrativos para demostrar que merece ser contada. Una familia, el debut en el largometraje de Ricardo Gómez, parece caer en esa trampa: una película de considerable empaque formal que termina empequeñecida por su propio artificio. Demasiado ostentosa en su manera de narrar para una idea que, en el fondo, no necesita semejante despliegue.

El problema no está tanto en lo que cuenta como en cómo decide contarlo. La película se enreda en una arquitectura temporal que no siempre permite distinguir con claridad el presente ni comprender las reglas con las que va reconstruyendo su historia. La forma acaba imponiéndose al relato, pero sin enriquecerlo lo suficiente como para justificar ese esfuerzo. Es ahí donde se percibe la inexperiencia de Gómez detrás de la cámara: no tanto en la falta de oficio visual como en la dificultad para encontrar una medida narrativa, para saber cuándo sugerir y cuándo dejar que la historia respire. Quizá se eche en falta ese aprendizaje previo que a menudo proporcionan los cortometrajes, ese laboratorio donde descubrir que la precisión puede ser mucho más elocuente que el exceso.

Porque Una familia tiene, sin embargo, una factura notable. Su estética está trabajada, la puesta en escena revela cuidado y la película posee una envoltura visual que invita a confiar en ella. También encuentra en sus intérpretes un refugio frente a sus desequilibrios. Claudia Traisac despliega una fuerza y un magnetismo que sostienen la mirada, mientras Ana Wagener aporta esa presencia rotunda, siempre capaz de llenar el plano sin necesidad de reclamarlo. Ambas recuerdan que, incluso cuando el dispositivo narrativo se vuelve demasiado visible, una interpretación puede devolverle a la película la verdad que busca.

En su voluntad de irrumpir con una mirada propia, Una familia remite a cierta tradición reciente del cine español que encontró en las primeras películas un territorio para explorar los vínculos, las heridas y las tensiones soterradas de lo cotidiano. Ahí asoma el recuerdo de Tarde para la ira, aunque la comparación también permite medir la distancia entre el dominio de la narración y la mera exhibición de sus mecanismos. Donde aquella ópera prima convertía la contención en amenaza, Gómez parece buscar una complejidad que no siempre termina de cristalizar.

Presentada en la Sección Oficial de la Seminci fuera de concurso, Una familia deja la impresión de un cineasta con sensibilidad visual y ambición, pero todavía en busca de la forma que mejor se adapte a aquello que quiere contar. Una película que sabe vestirse para la ocasión, aunque aún no haya encontrado del todo su propia voz.

viernes, 23 de octubre de 2026

Seminci: nueve días para mirar de frente al cine español









Del 23 al 31 de octubre, Valladolid vuelve a ser una de las grandes ventanas del cine de autor. Desde nuestra cobertura de la 71.ª Seminci, seguiremos de cerca una edición que confirma el creciente espacio del cine español en el festival y reivindica el valor de acompañar a las películas que buscan su lugar en la gran pantalla.

Hay festivales que no solo proyectan películas, sino que ayudan a construir el lugar que estas ocupan en la historia del cine. La Seminci lleva décadas ejerciendo esa labor: mirar más allá de los focos, abrirse a nuevas voces y ofrecer al cine que se arriesga un espacio desde el que hacerse escuchar.

Desde 2022, el cine español ha ido ganando presencia y visibilidad en Valladolid, en un recorrido que encuentra en esta 71.ª edición una imagen especialmente significativa. Veinte producciones y coproducciones españolas forman parte de la programación, nueve de ellas con estreno mundial en el festival. Y, en la Sección Oficial, tres títulos competirán por la Espiga de Oro: Hermanas, de Ione Hernández Sáenz; La violinista, de Ervin Han y Raúl García; y Las islas afortunadas, de Helena Girón y Samuel M. Delgado. A ellas se suman, fuera de concurso, estrenos mundiales como El confidente, de Daniel Calparsoro; Una familia, debut en la dirección de Ricardo Gómez; y Un hombre en un puente, de David Martín de los Santos.

No se trata únicamente de contar películas, sino de observar cómo cambia el lugar que ocupa nuestra cinematografía en uno de sus escaparates más importantes. La presencia española no se limita a completar una programación internacional: participa en su centro, disputa sus principales reconocimientos y lleva a Valladolid distintas formas de entender el cine, desde la animación hasta el drama íntimo, desde las nuevas miradas hasta las trayectorias consolidadas.

Durante estos nueve días estaremos pendientes de ese pulso. De las películas españolas que compiten por la Espiga de Oro, de sus cineastas y equipos, de los encuentros que permiten descubrir qué hay detrás de cada obra y de las conversaciones que nacen cuando una película encuentra su público. Prestaremos especial atención a la Sección Oficial, porque respaldar el cine español también significa concederle tiempo, crítica y espacio; mirarlo de frente, sin reducirlo a cifras ni a etiquetas.

La Seminci es, en ese sentido, mucho más que una parada en el calendario. Es un lugar donde las películas pueden ensanchar su recorrido, donde una ópera prima puede comenzar a encontrar su voz y donde el cine español dialoga de igual a igual con otras cinematografías. Un escaparate que no solo refleja lo que somos, sino también aquello que estamos empezando a ser.

Del 23 al 31 de octubre, Valladolid volverá a llenarse de historias. Y estaremos allí para seguirlas, contarlas y defender el valor de que el cine hecho aquí encuentre el espacio que merece.

La islas afortunadas: una leyenda entre la tierra y la memoria

En la Sección Oficial a concurso de la 71.ª Seminci , Helena Girón y Samuel M. Delgado presentan Las islas afortunadas , una película pequeñ...