Gonzalo Suárez ha muerto a los 92 años. Y con él desaparece una de esas figuras que resulta imposible encerrar en una sola etiqueta. Escritor, periodista, guionista, actor y cineasta, Suárez construyó durante más de seis décadas una obra que siempre pareció caminar por un lugar propio, al margen de escuelas, modas y convenciones.
Su cine no buscaba acomodarse a la realidad, sino transformarla. Había en sus películas una fascinación constante por la literatura, la fantasía, el sueño, el misterio y el juego entre lo real y lo imaginado. Desde Ditirambo hasta Epílogo, La reina anónima, El detective y la muerte o Mi nombre es sombra, Suárez entendió el cine como un espacio de absoluta libertad creativa.
Quizá ahí reside su verdadera importancia dentro del cine español: en haber demostrado que se podía ser un autor sin someterse a una única forma de hacer cine. Podía pasar del experimentalismo a la adaptación literaria, del humor al fantástico, del cine comercial a la radicalidad formal. La Regenta, Parranda, Los pazos de Ulloa o Don Juan en los infiernos convivieron en una filmografía difícil de clasificar y, precisamente por eso, profundamente personal.
Y después llegó Remando al viento. Su película quizá más conocida y uno de los grandes ejemplos de hasta dónde podía llegar su mirada. La historia de Mary Shelley, Lord Byron y Percy Shelley en aquel verano de 1816 se convirtió en sus manos en una película sobre la creación, el deseo y los monstruos que nacen de la imaginación. La Concha de Plata en San Sebastián y el Goya a la Mejor Dirección reconocieron entonces una obra que ya era, en esencia, imposible de confundir con ninguna otra.
Pero reducir a Gonzalo Suárez a Remando al viento sería quedarse muy lejos de su verdadero legado. Lo importante está en la mirada: en esa voluntad de experimentar, de jugar con los géneros, de llevar la literatura al cine sin convertirla simplemente en ilustración y de entender la narración como un territorio abierto. Su obra parecía decir que el cine podía ser muchas cosas a la vez.
En febrero de 2026 recibió el Goya de Honor. La Academia reconoció entonces una trayectoria que había experimentado con todos los géneros y desde todas las actitudes. Siete meses después, Suárez ha muerto en Madrid.
Quizá no exista mejor manera de despedirle que recordar su propia concepción del cine: un último reducto para soñar despierto. Gonzalo Suárez pasó buena parte de su vida defendiendo precisamente eso: que hacer películas todavía podía ser una forma de aventura.
Y su cine, afortunadamente, sigue siendo una aventura.
Gonzalo Suárez (1934–2026).


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